En su reciente muestra Relicario, Ivana Ferrer le dio un poderoso giro a su trabajo: los cuadros seguían siendo indicios que planteaban al espectador la reconstrucción de vivencias, pero el trasfondo varió completamente. En Relicario, la artista pintó fotografías del archivo del Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF) captadas durante exhumaciones de fosas comunes dejadas por la violencia del conflicto armado interno. La artista no reconstruía ya el anónimo paso al olvido de momentos cotidianos, sino las pruebas de vidas segadas sin sentido y enterradas clandestinamente para ser condenadas al olvido.

 

Uno de los componentes esenciales de Relicario era el hecho de que Ferrer pintara estas fotografías del EPAF. No se trataba de reproducir pruebas, sino de volverlas a hacer: pintar una fotografía es conferirle un valor que por sí misma no tiene. Y, en el caso de fotografías forenses como estas, se trataba de un acercamiento –delicado, laborioso, amoroso– a las pruebas que permitirían restituir la memoria de las víctimas a sus seres queridos. Una poética forma de duelo.

 

Pintar, en especial como pinta Ivana Ferrer, es un ejercicio arduo. No solo de concentración, sino de tensión física y de una constante inmersión en aquello que se pinta. Más aún cuando lo que se pinta es una tragedia. Una imagen, sin embargo, rompía el eje temático de Relicario: en el punto más luminoso de la galería, un cuadro nos dejaba ver el cielo blanco a través de las ramas de un árbol. En toda la muestra, era la única mirada hacia arriba. La única con que la artista se permitía un respiro.  Antípodas es, en cierto sentido, producto de ese movimiento de levantar la mirada en busca de alivio.

 

Si Relicario hurgaba en la tierra en busca de desterrar el olvido, en esta exposición la mirada se eleva en dirección contraria ¿en busca de explicaciones? ¿de esperanza? ¿de evasión? Son todas respuestas posibles. Lo que sí es claro es que la artista vuelve a encontrar una textura visual que se convierte en patrón de una experiencia. Un experiencia luminosa pero mediada por las siluetas de los árboles que la atan, una vez más, a la tierra. Y es por eso –quizá porque el olvido es en cierto sentido insostenible, un mandato al que no podemos resignarnos– que esta muestra incluye también piezas que nos hablan de esa mirada hacia abajo, a la tierra y su tragedia.

Carlo Trivelli

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acrílico sobre tela 150 x 225 cm

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acrílico sobre tela 134 x 157 cm

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óleo sobre tela 150 x 225 cm

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acrílico sobre tela 150 x 225 cm

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antípodas

2014