texturasINSTANTES

2011

por Carlo Trivelli

Un papelito dejado al azar sobre una mesa de trabajo, un paño de cocina rasgado, un hueco en la acera. Los cuadros de esta serie de Ivana Ferrer nos hablan del tiempo y de cómo este configura las cosas. No se trata del mero paso del tiempo, sin embargo, sino del modo en que este entra en nuestra experiencia. No del tiempo en sí, sino del tiempo vivido, uno que existe como tal, en buena cuenta, gracias a la memoria, puesto que son las estructuras de la memoria las que dotan de sentido, las que estructuran nuestra experiencia del tiempo.

 

El recuerdo tiene sus caprichos. Se enfoca en esto y deja el resto como fondo mudo, uno que, sin embargo, tiene sentido precisamente en relación con aquello que centra nuestra atención. Así, un papelito olvidado es el vértice desde el cual asimos la mesa sobre la cual descansa y, con ello, el recuento de lo que allí aconteció para que lo dejáramos –ahora que lo recordamos– olvidado. No es necesariamente lo más importante (muchas veces es todo lo contrario), pero es la llave que nos abre esa puerta de lo que ya pasó y no está más (salvo en nuestro modo de evocarlo).

 

Esto podría sonar a una suerte de búsqueda del tiempo perdido, pero con la diferencia de que no son las grandes historias de nuestra vida las que arroja la pesquisa, sino detalles mínimos, nimios inclusive, y que, por eso mismo, llaman nuestra atención sobre el modo en que el tiempo, a través de nuestra percepción de la materia, estructura las cosas. Acerca del modo en que nuestra memoria se vuelve la textura de las cosas.

 

Como huellas con que el tiempo marca las cosas, las texturas son materia sometida al tiempo. Pero, y eso es lo que los cuadros de Ivana evocan, materia y tiempo vividos o, si se quiere, lo vivido intuido a partir de sus marcas mínimas, aquellas con las que la memoria opera.

 

En una suerte de imagen de espejo de esta búsqueda, la serie de fotogramas cambia el eje de la búsqueda: no se trata ya de situaciones encontradas, sino de formas creadas más o menos azarosamente: una disposición circular de objetos traslúcidos o la efímera vida de una burbuja que se han convertido en huella sobre el papel fotosensible. Y, sin embargo, este otro eje sigue siendo una coordenada del modo en que la huella del tiempo, convertida en textura, nos habla del trasvase de lo temporal a lo material.

 

No podemos asir el tiempo, ni siquiera en ese intento vano que es la memoria. Lo que aquí nos ofrece Ivana es esa constatación, pero también la esperanza de que, mediante la investigación visual acerca de lo que existe y su dislate en el tiempo, revelamos una dimensión crucial del modo en que nos relacionamos con lo que existe. Es una pequeña trampa, es cierto, pero la única que nos permite rozar lo fugaz en su permanente huída. Y hacerlo nuestro.

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